lunes, 15 de octubre de 2012

Conquista de China por los manchúes

En 1644, miles de guerreros manchúes atravesaron la Gran Muralla y tomaron Beijing, donde establecieron una dinastía, los Qing, que gobernaría China hasta inicios del siglo XX.






En la década de 1630, la dinastía que gobernaba China desde el siglo XIV, los Ming, se estaba tambaleando. Las crónicas de esos años reflejan la existencia de un ambiente de crisis general, con inundaciones, sequías, epidemias y una sucesión de hambrunas en el país. Surgieron también bandas de forajidos, formadas sobre todo por desertores y licenciados del ejército, que asolaban extensas regiones del Imperio. El débil emperador Chongzhen parecía incapaz de cumplir su misión sagrada de mantener el orden, como denunciaba una canción popular de la época: «Venerable amo del cielo, / te haces viejo, tus oídos están sordos y te falla la vista. / No ves a la gente ni oyes las palabras. / Gloria a los que matan e incendian; para los que ayunan y leen las escrituras, muerte por inanición. / Cae, venerable amo del cielo, ¿cómo puedes estar tan alto? / Desciende a la tierra».

En 1636, dos grupos de bandidos se habían convertido en auténticos ejércitos capaces de amenazar directamente el poder imperial. En el norte estaba el dirigido por Li Zicheng, un antiguo pastor y empleado de estación de postas; en el este, entre el río Amarillo y el Yangtsé, operaba el comandado por Zhang Xianzhong, un antiguo soldado. Finalmente, en mayo de 1644, mientras Zhang conquistaba la región meridional de Sichuán, los bandidos de Li Zicheng penetraron en la capital imperial, Beijing (Pekín), y la sometieron a saqueo. El emperador se ahorcó en un árbol de una colina cercana a la Ciudad Prohibida. La dinastía Ming, fundada dos siglos atrás, había pasado a la historia. Sin embargo, los beneficiarios de esta crisis no fueron los rebeldes que habían derribado a los Ming, sino un pueblo extranjero que vivía más allá de la Gran Muralla china: los manchúes.




Los nómadas de Manchuria


Los manchúes eran un pueblo de etnia tungú establecido en las estepas de Manchuria, en las actuales provincias chinas de Liaoning, Jilin y Heilongjiang. Descendían de los nómadas jürchen, que en los siglos XI y XII crearon el imperio Jin –extendido por Manchuria y el norte de China– y que en 1234 se sometieron a Gengis Kan. Tiempo después, a finales de siglo XVI, el líder jürchen Nurhaci establecería su autoridad entre los pueblos al noreste de la Gran Muralla. Se proclamó kan (jefe supremo) y creó el Estado de los Jin Posteriores. Nurhaci organizó el sistema de las «banderas», nombre que recibían las unidades de sus tropas, y promovió fructíferos intercambios comerciales a través de la frontera con China. Los emperadores Ming, por su parte, buscaron la alianza con los jürchen para contener el avance de otras poblaciones de la estepa, y para frenar a los invasores japoneses enviados por el señor de la guerra Toyotomi Hideyoshi. Pero, al mismo tiempo, los Ming recelaban ante la presencia de un poder nómada fuerte más allá de la Gran Muralla. Sus temores se vieron confirmados en 1618, cuando Nurhaci entró en guerra con ellos, al parecer por la muerte de su padre y de su abuelo a manos de un militar chino. En 1621, el líder jürchen ocupó la provincia fronteriza china de Liaodong (actual Liaoning), al noreste de la Gran Muralla.

Tras la muerte de Nurhaci en 1626, su hijo Hong Taiji se propuso ser algo más que el dirigente de un pequeño Estado jürchen. En 1635 adoptó para su pueblo el nombre de manchú y proclamó su voluntad de rechazar la supremacía de los Ming. No sólo eso: Hong Taiji se mostró dispuesto a destronar a éstos con la ayuda de chinos, mongoles y otras poblaciones de las estepas. De este modo, en 1636 se proclamó «emperador» y no únicamente kan; en el futuro los monarcas manchués, siguiendo la tradición budista, se llamarán también cakravartin, gobernante universal, pretendiendo incluir a los variados súbditos de sus territorios: manchúes, mongoles, chinos, tibetanos y uigures. Hong Taiji adoptó incluso un nombre chino para su nueva dinastía, Qing, que significa «puro».

Hong Taiji murió en 1643 y le sucedió su hijo Fulin. Como éste era un niño de cinco años, la regencia pasó a manos de su tío Dorgon, quien lanzaría la invasión definitiva contra los Ming. La oportunidad se la ofreció un general chino llamado Wu Sangui, encargado de la defensa de la frontera de China con los manchúes. Cuando se enteró de que el ejército rebelde de Li Zicheng había tomado Beijing, Wu se dirigió a la capital para someterse al nuevo hombre fuerte, pero antes de llegar supo que toda su familia había sido asesinada por los rebeldes. Wu regresó entonces a su base en el noreste, en Shanhaiguan. Hacia allí se dirigió Li Zicheng poco después, al frente de un ejército de 60.000 hombres, con la intención de aplastar aquel foco de resistencia. Fue entonces cuando, viendo que su situación era desesperada, Wu envió mensajeros a los manchúes para solicitar su ayuda militar a cambio de reconocer su soberanía.






La batalla decisiva

La llegada de 100.000 combatientes manchúes resultó decisiva. En la batalla de Shanhaiguan, el 27 de mayo de 1644, el ejército rebelde se vio superado cuando la caballería manchú rodeó su flanco izquierdo y provocó una tormenta de arena cegadora. Al ver que el ataque procedía de los manchúes, los soldados de Li Zicheng huyeron en desbandada. Los manchúes entraron en Beijing sin encontrar resistencia el 5 de junio de 1644, y el 30 de octubre del mismo año el niño Fulin ascendió al trono imperial de China como emperador Shunzhi.

Desde ese momento, los manchúes gobernaron China a lo largo de dos siglos y medio, hasta la caída del último emperador Qing, Puyi, en 1911. Durante ese largo período, los manchúes insistieron en mantener su identidad pese a que tuvieron que sedentarizarse. La élite manchú conservó su lengua y se reservó una parte de los cargos administrativos. En la corte imperial se mantuvieron también ciertos rituales de las estepas y se organizaban cacerías imperiales en Manchuria.

Sin embargo, los Qing mostraron también veneración por la tradición china y se esforzaron constantemente en mostrarse tanto o más chinos que los propios chinos. El primer emperador se presentó ya como heredero legítimo de los Ming, poseedor como ellos del Mandato Celeste que le autorizaba a gobernar todo el país. De ahí que se enterrara al último monarca Ming con todos los honores y que los bandidos que habían acabado con la extinta dinastía fueran denigrados y perseguidos hasta su derrota completa. Sabedores de que no disponían de suficiente superioridad militar y temiendo la desafección popular, los Qing se esforzaron en ganarse el apoyo de las élites chinas. Por ello preservaron las instituciones y los rituales de los Ming, y siguieron basando la administración en el cuerpo de funcionarios letrados –los mandarines– que el Estado reclutaba mediante el célebre sistema chino de oposiciones.






Represión implacable

A pesar de los esfuerzos de conciliación, los manchúes también recurrieron a duros métodos de control y represión. Por ejemplo, impusieron al conjunto de la población la vestimenta típica manchú, y en particular su peinado masculino, con la parte frontal del cráneo rapada y el resto del pelo recogido en una larga trenza, lo que permitía también un mejor reconocimiento de las tropas leales en los campos de batalla. En las primeras fases de su historia, los emperadores Qing no dudaron en recurrir a la mano de obra esclava para el cultivo de las tierras de las banderas, las unidades de las tropas manchúes. En lo sucesivo, los gobernantes manchúes pondrían en práctica un duro sistema de control ideológico, con visos de Inquisición de Estado, de manera que la más leve crítica hacia el dominio del invasor era reprimida implacablemente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada